—Déjalo de mi cuenta —me dijo con cierto entusiasmo—. Yo te buscaré la novia.
Esto me hizo pensar, pero pensar mucho.
Apenas llegué á Madrid y á mi casa, subí á ver á Camila, á quien hallé contenta, como siempre. El manchego estaba haciendo café en la cocinilla rusa, y ella cosiendo en una máquina nueva de Singer, que había adquirido con parte de los ahorros destinados al caballo. Esto me recordó mi promesa, que sería cumplida sin pérdida de tiempo. Constantino elegiría á su gusto.
Dijo mi prima que iba á emprender la grande obra de las camisas. Ya veríamos quién era Calleja. No quiso aguardar á otro día para tomarme las medidas, y se puso á ello con entusiasmo, dando tales pases con la cinta de cuero, que me avispé un tanto. «Pero estas camisas van á tener más medidas que la catedral de Toledo...» ¡Qué mona estaba y qué gitana!... ¡Ira de Dios! ¡casarme yo mientras aquella mujer existiera!... Jamás de los jamases. Loca estaba la que ideó tal cosa.
¡Y que no estuviéramos en los tiempos legendarios para robarla y echar á correr con ella en brazos, sobre alado caballo que nos llevase á cien leguas de allí! ¿Por qué, Dios poderoso, se me había antojado aquélla, y no ninguna otra? Pollas guapísimas, de honradas familias, conocía yo, que se habrían dado con un canto en los dientes por que las requiriera de amores; muchachas de mérito que me habrían convenido para casarme, algunas de mucho talento, otras muy ricas, y, no obstante, ninguna me gustaba. Había de ser precisamente aquélla, la borriquita que ya estaba uncida al asno del Toboso. Aquélla, forzosamente aquélla, era la que se me antojaba para mujer propia y fija, para recibir mis homenajes de amor en lo que me restara de vida; aquélla nada más, y aquélla había de ser, pesara á todas las potencias infernales y celestiales.
Cómo llegaría á ser mi querida, no se me alcanzaba; pero ella vendría al fin. Aunque me hallaba un poco mal de salud, no paraba en casa. Habíame entrado febril desasosiego y curiosidad por averiguar lo que hacía Constantino fuera de la suya cuando salía, y si era tan formal como su mujer pensaba. Porque descubriéndole algún enredo, me alegraría seguramente. No era mi ánimo delatarle, sino simplemente tomar acta y fundar en algo mis esperanzas de triunfo. Durante algunas tardes y noches, le seguí los pasos, hecho un polizonte. ¡Qué papel el mío! Me habría parecido risible é infame en otras circunstancias; pero tal como yo estaba, completamente ofuscado y fuera de mí, parecíame la cosa más natural del mundo. Siguiendo á mi amigo, deseaba ardientemente verle entrar en donde su entrada me probase su ligereza y el olvido de aquella fidelidad ejemplar de que Camila hacía tanta gala. Mi desesperación era grande al ver que mi celosa suspicacia no podía sorprender ningún acto ni aun indicio en que apoyarse. Alguna vez nos tropezamos de noche cerca de alguna calle sospechosa. Yo le cogía por la solapa, y con afectado enojo le decía:
—¡Ah! tunante, tú andas en malos pasos. Tú vienes de picos pardos.
Y él se reía como un bendito bruto. Tan seguro estaba en su conciencia, que no me contestaba sino con una afirmación rotunda y tranquila.
—¡Parece mentira —insistía yo— que teniendo una mujer como la que tienes...! No te la mereces.
Y él se reía, se reía. La honradez pintada en su cara tosca me declaraba su inocencia; pero yo volvía á la carga: