—Se lo contaré á Camila.
Y él, sin mostrar contrariedad, no decía más que estas breves palabras, con sencillez grandiosa, que era toda una conciencia sacada á los labios:
—No te creerá.
Y era verdad que no me creía, pues cuando alguna vez, en la mesa, aventuraba yo alguna indicación, más bien con carácter de broma, Camila se reía y bromeaba un poco también, diciendo:
—¿Conque en malos pasos... la otra noche...? Me parece que el que andaba en malos pasos eras tú.
¡Él la miraba! ¡Qué mirada aquélla de rectitud sublime! Era como la mirada profundamente leal y honrada de un perrazo de Terranova. Camila le cogía la cara entre sus dedos flexibles, bonitos, encallecidos por la costura, y estrujándosela decía:
—Déjate de bobadas, José María. Este animal no quiere á nadie más que á mí.
Aquella fe ciega que tenían el uno en el otro era lo que me desesperaba... ¡Que no vinieran los tiempos en que un hombre podía evocar al Diablo, y previa donación ó hipoteca del alma, celebrar con él un convenio para obtener las cosas estimadas imposibles! Yo quizás no hubiera cedido mi alma sino á retroventa, para pagarla después de algún modo, ó redimirme con oraciones y recobrar la que Shakespeare llama eternal joya... Pero ya no hay diablos que presten estos servicios; tiene uno que arreglarse como pueda.