—Buenos días, tísico —me dijo sin entrar y retirándose otra vez.
—¿Ha venido alguien contigo? ¿Ha entrado alguien? —le pregunté.
Y desde la sala gritó:
—No, estoy sola.
Pero sentí algo que me inquietaba. Camila reapareció levantando la cortina, y entró al fin en mi gabinete. Mostraba cierta emoción.
—¿Pero qué escondites son esos? Tú no has venido sola.
—Es que —me dijo después de vacilar un rato— tienes ahí una visita.
—Pues que pase —repliqué levantándome.
—Dice que no se atreve... Tiene vergüenza...
Me asomé á la puerta. Era Eloísa la que allí estaba. En el mismo instante en que la ví, Camila echó á correr y se subió á su casa.