—¿Qué demonios es esto?... El mapa está muy bien dibujado.
—Pues esto —afirmó con exaltación de artista— es una representación gráfica del estado moral de nuestro país. La intensidad de los colores indica la intensidad de los vicios, y éstos los he dividido en cinco grandes categorías: Inmoralidad matrimonial, adulterio, belenes, color rojo. Inmoralidad política y administrativa, ilegalidad, arbitrariedad, cohechos, color azul. Inmoralidad pecuniaria, usura, disipación, color amarillo. Inmoralidad física, embriaguez, verde. Inmoralidad religiosa, descreimiento, violeta... He recogido la mar de datos de Tribunales, otros de la prensa... Ya ves que ésta es una estadística nueva, cuyos elementos no se pueden buscar en los archivos: ello es cuestión de perspicacia, de conocimientos generales y de mucho mundo. Casi todas las apreciaciones son á ojo de buen cubero. En la Memoria desarrollo la idea, y justifico con razonamientos y con baterías de cifras lo que se expresa aquí en aros de varios colores. Echa una ojeada y te harás cargo; podrás ver de golpe la España moral, que, entre paréntesis, no es un país de cuákeros... Cuando esto se publique, y se publicará, ha de llamar mucho la atención que aparezca Madrid como el punto donde hay más moralidad en todos los órdenes. Y lo pruebo, lo pruebo, chico, como tres y dos son cinco. Pásmate: hasta en política lleva ventaja Madrid á las provincias, y las capitales de éstas á las cabezas de partido. En la Memoria pruebo que los políticos de aquí, tan calumniados, son corderos en parangón de los caciques de pueblo, y que el ministro más concusionario es un ángel comparado con el secretario de Ayuntamiento de cualquiera de esas arcadias infernales que llamamos aldeas. El color rojo lo verás distribuído casi en partes iguales por toda la Península. Las provincias gallegas son las más favorecidas en todo, así como en inmoralidad física lleva la mejor parte Barcelona, donde apenas se conoce un borracho. El violeta más intenso lo verás en Madrid, eso sí: es donde hay menos beatos y donde menos se oye ese tin-tin del reloj del fanatismo, que llaman golpes de pecho. He formado estadísticas de misas. Madrid da el promedio diario de una misa por cada trescientos veinticinco habitantes, mientras que León me da una misa por cada diez y seis. El tanto por ciento de mojigatos es en Madrid, cifra mínima, de dos y medio, mientras que en la Seo de Urgel salen cuarenta y siete carcas por cada cien personas.
Cuando á esto llegaba, se iba excitando tanto, que empezó á entorpecérsele la lengua y á pronunciar mal ciertas sílabas. Echéme á reir, y sabiendo en lo que habían de parar aquellas misas, pensé cuánto le daría.
—Tú estás reblandecido —le dije—. Las cosas que á tí se te ocurren, ni al mismo Demonio se le ocurrirían... Otro día me explicarás mejor esa monserga. Y por de pronto...
Le miré como le miraba siempre que quería socorrerle. Él me comprendió al punto con aquella infalible perspicacia de mendigo, y enrollando con nerviosa presteza el cartel de nuestras miserias, se dejó decir:
—Es que... precisamente... Ahora viene lo principal, que es ponerlo en limpio, en vitela, con colores finos... Chico, tú vas á ser mi Mecenas. Te dedico la obra...
—No, no... hazme el favor de dedicársela á otro.
—Bueno, bueno: como quieras.
Hacía algún tiempo que yo había adoptado el sistema de negar y conceder alternativamente sus pedidos, es decir, que le daba una vez sí y otra no, y en los casos afirmativos, siempre le daba la mitad. Aquella vez no tocaba; pero ya porque el mapa me hiciera gracia, ya porque me inspiró su destornillado autor más lástima que nunca, me dí á partido y le puse en la mano un billete de dos mil reales. ¡Cómo se le alegraron los ojos y qué excitado y chispo se puso! Dándole á entender que me alegraría mucho de quedarme solo, y mostrándome poco deseoso de conocer hasta en sus menores detalles la gran obra de estadística moral, conseguí alejarle. Ocho días estuvo sin parecer por casa.
Una tarde me hallaba enteramente solo, entretenido en extender las cartas-compromisos que debía pasar á las personas con quienes había hecho operaciones de 4 por 100 Perpetuo á voluntad, cuando sentí abrir quedamente la puerta de mi gabinete. Miré, y ví asomar por el borde de la cortina el rostro de Camila. Dióme un vuelco el corazón. Dejé la escritura, alegréme mucho... Mas por no sé qué ruidos que oí, parecióme que no venía sola.