—Sé que vas á subir al púlpito á echarme los tiempos, á ponerme de vuelta y media... Suprime los sermones. Todo lo que tú pudieras decirme, lo sé; yo misma me lo he dicho, con palabras tuyas, sí; con palabras que me has enseñado á usar y que me parecía estar oyéndote... Sé que soy una mala mujer; pero qué quieres... el mundo, locuras, ambiciones, las cosas que se van enredando, enredando... Que hay muchas necesidades y poco dinero... Fué un remolino que me arrastró, fué lo que llaman los marinos un ciclón: dí muchas vueltas, sin poder luchar con él. Conque ya estás enterado, y lo mejor es que te tragues la píldora y seamos amigos.

El efecto que me causaba era el de una infeliz hermosa, muy hermosa, sí, pero muy traída y llevada. Repugnábame unas veces; otras me bullían deseos de no ser tan insensible á sus carantoñas.

—¡Ah! —exclamé de pronto—, no me has dicho nada de lo único tuyo que me interesa. ¿Y tu hijo?

—Guapísimo: rabiando por verte, y preguntándome por tí. Mañana te le mandaré para que le tengas aquí todo el día. Has dicho «lo único tuyo que me interesa...» ¡Qué ingrato eres! Pues yo... siempre acordándome de tí, siempre diciendo: «¿qué estará haciendo ahora?...» Ni qué tiene que ver el corazón con... lo demás.

—Estoy admirado de tus ideas. ¡Vaya, que tienes una manera de ver las cosas...! Lo que digo, estás hecha una parisiense... A mí no me vengas con historias...

—Y á mí no me llames tú parisiense: ya sé lo que quieres significar con esos motes. Esperaba de tí consideración por lo menos.

—La tendrás, aunque no sea sino por memoria de lo mucho que te he querido...

—¡Ah!... ¡tiempo pasado! —murmuró, retirando el cuerpo para mirarme en actitud un poquito teatral.

—¡Y tan pasado...!

—Mira, canalla —gritó con repentino calor, tirándome del pelo—, no me digas que no me quieres ya, porque te corto la cabeza.