—Estás tú á propósito para que yo te quiera —respondí, esforzándome en mostrarle menos desdén del que sentía—. Ciertas locuras no se hacen más que una vez en la vida.

II

Salióme á los labios una pregunta amarga y cortante; mas á la mitad de la frase, sentimientos de delicadeza me hicieron callar. No dije más que esto:

—¿Y qué me cuentas de tu...?

Ella comprendió que le preguntaba por Fúcar y se puso encendida. Su vergüenza despertó compasión en mí, y corté el concepto en el punto que he dicho. Inmutóse la prójima un rato, y levantándose, dió varias vueltas por la habitación, como si quisiera enterarse de las novedades que había en ella. No quise mortificarla, y seguí la conversación en el terreno en que ella tácitamente la ponía.

—Dime, habrás traído de París maravillas.

—Algunas chucherías, poca cosa —replicó, mirándome otra vez y serenándose—. Ya lo verás. Quiero saber tu opinión. Algo he traído para tí.

—Gracias.

—Si no hay por qué dar gracias. Repito que todo lo he traído para que tú lo veas y digas si es bonito. Siempre que compraba algo, me decía: «¿le gustará esto?» Y cuando se me figuraba que no te había de gustar, ni regalado lo quería.

Empapándome entonces en moral, como esponja sumergida en un cubo de agua, en esa moral de librito de escuela que nos sirve de mucho para echar discursos y de muy poco para regular las acciones, le dije que no se acordara más del santo de mi nombre; que yo no pensaba poner los pies en su casa, etc. Ni un niño acabadito de salir del colegio, con toda la Doctrina, el Juanito y el Fleury metidos en la cabeza, se habría expresado mejor.