—Eso lo veremos —replicó Eloísa, en pie delante de mí—. Vamos, no hagas el honradito de comedia. Ven á mi casa, sin malicia, con buen fin, como un amigo, y te enseñaré mis compras de París. No te preparo ninguna emboscada... ¿Conque vendrás? Tú podrás hacer lo que quieras; pero si no vas á verme, vendré yo aquí, te marearé, te perseguiré. ¿Serás capaz de echarme de tu casa?

—¡Quién sabe...!

—¿A que no? Todavía me atrevería yo á apostar una cosa.

—¿Qué?

—Vamos á ver: una apuesta... ¿A que te chiflas otra vez por mí?

—A que no.

—A que sí.

—Apuesto todo lo que quieras.

Ambos nos echamos á reir, y concluyó por besarme la mano, como hacen los chicos con los curas que encuentran en la calle.

—Quedamos en que mañana te mando á Rafael —me dijo, arreglándose la cabeza delante del espejo.