Regañóle un día su principal, y se plantó en la calle. Como no tenía una peseta, pasaba mil agonías para vivir. Todos los días, cualesquiera que fuesen sus ocupaciones, pasaba por la calle de la Montera dos ó tres veces, y si encontraba á Urquijo ó á Ortueta se quitaba el sombrero y hacía una reverencia como si pasara el Viático. Tuvo que dedicarse á viajante de comercio para poder vivir; recorrió toda España en segunda, con muestras de chocolate de la Colonial, zapatos de Soldevilla y otros muchos artículos. Pero sus ganancias eran escasas, y se fijó en Madrid, al amparo de Mompous, que le daba algunos corretajes de venta y compra de terrenos. Sin que lo supiera Mompous, se asoció á un tal Torquemada, que hacía préstamos con usura. Torres buscaba víctimas, y las descueraban entre los dos. Hacían pingües negocios facilitando dinero secretamente á las señoras que gastan más de lo que les dan sus maridos para trapos; y con la amenaza del escándalo, las ponían en el disparadero y las desplumaban. Bien relacionado el tal Torres con muchos tenderos de Madrid, se hacía cargo, mediante una prima de cincuenta por ciento, de realizar los créditos incobrables. Él apandaba las cuentas que habían ido cien veces á casa del deudor, encontrándose siempre con cara de palo, y previo el endoso del crédito en virtud de una ficción legal en que él (Torres) pasaba por inglés del tendero, se ponía en combinación con Torquemada, que era curial y tocaba pito en todos los Juzgados, y apretando á la víctima con citaciones y embargos, por fin la hacían vomitar en conjunto ó á plazos lo que debía.

Con estas socaliñas empezó á reunir su capital. Por una serie de trapisondas y de enredos que serían largos de contar, Torquemada y Torres se adjudicaron una carnicería, propiedad de un deudor insolvente. La cosa no habría tenido lances si á Torquemada no se le hubiera ocurrido que, tras aquel negocio, podía emprender el de suministro de carne y caldo para los enfermos del Hospital Provincial. Puso la puntería en la Diputación, y aquel año hubo locas ganancias. Los moribundos les hicieron á ellos el caldo gordo.

Pero los parroquianos insolventes eran la pesadilla de entrambos. Había entre éstos un respetable sujeto, cesante, ex director, que tenía una familia numerosa y anémica, á la cual recetaban los médicos carne á la inglesa, o lo que es lo mismo, cruda. Consumían mucho, pero no pagaban jamás, y la cuenta crecía como espuma. Cuando pasó de mil reales y trataron de hacerla efectiva, vieron que la casa del señor aquél era un abismo sin fondo. Al huevero se le debían dos mil reales, al de ultramarinos seis mil y al carbonero unos mil y pico. El del pan cogía el cielo con las manos; y congregados todos un día en la puerta de la casa, armaron una chamusquina de todos los demonios. Lo que decía el señor aquél, ex-director y caballero gran cruz de Carlos III: «Más le valía no haber nacido.» Puestos todos los ingleses de acuerdo, quisieron hacer un Trafalgar en la infeliz familia; pero nada lograron. La familia insolvente y carnívora cambió de domicilio, dejando á los acreedores con dos palmos de narices. Sólo Torres, que era más listo que el huevero, el tendero y el carbonero juntos, olfateó el rastro, metió la cabeza, amenazó, y valiéndose de mil trazas ingeniosas, ya que no pudo sacar dinero, puesto que no lo había, obtuvo, en pago de la carne, un piano. Era el dulce instrumento en que tecleaba una de las niñas anémicas. Torres cargó con su presa y...

—De esta adquisición inesperada —me dijo— arranca el negocio de alquiler y compostura de pianos que tuve durante tres años y medio. ¡Cómo se enlazan las cosas de la vida! De carnicero á músico. Torquemada siguió con el arbitrio de carnes, y yo acaparé el de almacén de pianos. Llegué á tener más de trescientas matracas, que alquilaba por tres, cuatro ó cinco duros al mes á las alumnas del Conservatorio que soñaban con ser la Patti; á los compositores jóvenes que se creían unos Meyerbes, y para hacer boca, perjeñaban una zarzuelita; á las familias honradas y buenas parroquianas que querían educar á las pollas para señoritas finas, aunque al fin y á la postre vinieran á parar, como todas, en ser unas... tales.

Luego proseguía contándome cómo, al fin, reunidos unos seis mil duros, dejó los pianos para meterse de hoz y de coz en la Bolsa, que era su ideal, por suponerse con aptitud nativa para el tráfico de papel. A los ocho días, ya sabía tanto como los viejos; adquirió pronto el golpe de vista, la audacia serena y el don de abarcar rápidamente las operaciones más complejas. Su éxito fué grande. Empezó el 73, cuando la renuncia de don Amadeo, y las bajas considerables en los años de guerra civil le pusieron en las nubes. Era pesimista incorregible. Para él la campaña iba siempre mal, y los carlistas daban cada golpe que cantaba el misterio. Aquellos mismos seres venerables á quienes tenía por semidivinos, Urquijo y Ortueta, los banqueros de la calle de la Montera, fueron sus amigos, y tan iguales á él que le daban ganas de tutearles. El 77 era ya el espanta-pájaros de la Bolsa. Todos observaban lo que él hacía para seguirle la correa. Recibía diariamente despachos telegráficos cifrados de sus agentes de Londres y París, para jugar en combinación con aquellas plazas.

—Y aquí me tiene usted —añadía—: hoy soy rico; pero me gusta vivir á la pata la llana, y si tengo carruaje, no es porque me haga falta, que yo gusto de andar en el caballo de San Francisco; únicamente lo uso para que esos brutos de la Bolsa me lo vean, y para que mi señora se pasee.

Oí decir que la señora de Torres fué criada de servicio, y que no sabía leer ni escribir; mejor dicho, que había adquirido con maestro estas indispensables enseñanzas después que la fortuna de su marido le dió títulos y fuero de persona decente. Yo la conocí más adelante en casa de María Juana, y me pareció una mujer excelente, modesta y sencilla. Moralmente valía más que su marido, y en figura le llevaba también no poca ventaja.

Pues bien: este Torres fué mi iniciador en aquella vida de trabajo bursátil. Lo primero que hice al meterme en danzas con él, fué ponerle los puntos sobre las íes. Yo no haría ninguna operación grande ni chica sino con intervención de un agente colegiado, porque no quería meterme en aventuras peligrosas. Torres operaba en grande con un desparpajo que me pasmaba, comprando y vendiendo á fin de mes, por sí y ante sí, sin ninguna seguridad legal, sumas fabulosas. Yo, por el contrario, resuelto á andar con pies de plomo por terreno tan peligroso, daba y tomaba mis dobles, compraba y vendía en voluntad ó á fin de mes, siempre con la garantía de la publicación y de la firma del agente en la póliza, el cual agente era persona de respetabilidad, amigo de mi tío. Torres era muy listo; pero á mí no me faltaba trastienda para aquel negocio, y en todo Diciembre, así como en Enero y Febrero del año siguiente, ví coronados mis esfuerzos con éxitos no despreciables. Así me satisfacían más, teniendo por mejor sistema aquel tole-tole, que los atropellos en que se metía el hortera y carnicero y músico y bolsista Gonzalo Torres.


XXI