—Estoy... de viejo pintado... hasta aquí.

No quiero pasar en silencio el cariño, el entusiasmo con que me enseñaba lo que había traído de París. En piezas de Choisy-le-Roi y de Barbotine tenía maravillas; jarrones inmensos sobre columnas, un grifo con una cartela enroscada que daba el opio, y mil chucherías de todos tamaños, en tal número, que apenas había ya en la casa sitio donde ponerlas. Enseñóme también ricos encajes de Malinas, Bruselas y Alençon, comprados por ella misma á las Beguinas de Gante, y otras mil cosas. No cesaba de preguntarme: «¿te gusta?» y si respondía que sí, poníase muy alegre. En aquella época jamás me pidió dinero, ni lo necesitaba. (¡Pobres fumadores!) Por el contrario, advertía yo en ella un tácito deseo de que se le presentase ocasión de sacarme de un apuro. Un día, no sé si de los últimos de Octubre ó Noviembre, que me oyó hablar de ciertas dificultades para la liquidación, sacóme una cajita llena de billetes de Banco, de la cual aparté con horror la vista.

Acerca de ella corrían mil versiones infamantes. En París había desplumado á un francés, dando un lindo esquinazo á aquel esperpento de Fúcar; en Madrid mismo, sus favores habían recaído sucesivamente en un malagueño rico de apellido inglés, en un ex-ministro y célebre abogado. Todo esto era falso y prematuro, puedo decirlo en honor suyo; relativo, sin temor de equivocarme. La calumnia, que más tarde dejaría de serlo, la perseguía por adelantado, como persigue á todos los que se portan mal, resultando que hay en ella un fondo de justicia. Reaparecieron los jueves, en los cuales había más confianza que durante mi reinado. Díjome el Saca-mantecas que se jugaba descaradamente. No iba ninguna señora, ni aun la de San Salomó, que era persona de manga muy ancha. Quiquina y M. Petit volvieron á la casa, y nuevos criados, y las mismas costumbres irregulares del año anterior.

Sabía Eloísa, eso sí, tomar en público los aires de una señora distinguidísima, y lo que es más raro, conservaba parte no pequeña de sus relaciones; hacía visitas, iba á misa, era saludada por lo más selecto de Madrid. Oyéndola hablar, cualquier incauto la habría creído el espejo de las viudas. Parecía que no rompía un plato. Afanábase por la educación de su hijo, y le había puesto un aya francesa, de quien me dijo Evaristo que era más fea que el hambre. Su solicitud materna era quizás lo único que yo podía estimar en la prójima; pues por todo lo demás, sólo me inspiraba lo que es propio de las prójimas: lástima, interés nominal y desdén efectivo.

III

De la propia crudeza de mis males físicos y morales, brotó súbitamente la idea del remedio. Así es la Naturaleza, genuinamente reparadora y medicatriz. La idea que me abrió horizontes de salud fué la idea del trabajo. «Si yo tuviera un escritorio, como lo tenía en Jerez, y además mis viñas y mis bodegas, estaría muy entretenido todo el año, y no pensaría las mil locuras que ahora pienso, tendría salud y buen humor.» Así me hablaba una mañana, y tras la idea vino la resolución de practicarla. ¿Pero en qué trabajaría? Ocurriéronme de pronto varias clases de ocupaciones comerciales, de las cuales me había hablado la noche antes Jacinto María Villalonga. Él traía no sé qué belenes en Fomento. Había tirado ediciones sin fin de libritos agrícolas para que el Estado los hiciera comprar á los Ayuntamientos. Se presentaba á todas las subastas, ya fueran de carreteras, ya de obras de reforma en los Museos, bien de impresión de Memorias ó de los revocos que constantemente se están haciendo en el vetusto edificio de la Trinidad. Luego Villalonga cedía el negocio con prima, si había quien se lo tomase. Pero con esto y otros muchos enredijos que en el Ministerio traía, y por los cuales le ví sacar muy á menudo libramientos y órdenes de pago, nunca salía de trampas. Tan arruinado y lleno de líos estaba, que sin duda por sus desordenados gastos y vicios no había mes que no necesitase dinero. A mí me debía más de ocho mil duros, y esta deuda empezaba á inquietarme.

Los negocios de que me habló y que me interesaron eran más amplios que sus obscuros manejos burocráticos. «Traer trigos de los Estados Unidos y establecer un depósito en Barcelona; instalar máquinas para el descascarado del arroz de la India, obteniendo previamente del Gobierno la admisión temporal; llevar los vinos de la Rioja directamente á París por la vía de Rouen, y á Bélgica por la de Amberes...» Esto me parecía bien, sobre todo el negocio de vinos, en el cual algo y aun algos se me alcanzaba á mí.

Levantéme una mañana dispuesto á hacer un viaje á Haro y dar una vuelta por Elciego, Casalarreina, Cenicero, Cuzcurrita y demás centros de producción... Pero esto era meterme en faenas penosas. Nada, nada: más valía que, quietecito en Madrid, buscara un modo de trabajar. El negocio de banca con Londres y París me seducía; pero está muy acaparado. Hablando con mi tío, éste me hizo ver que el estado de la Bolsa era muy á propósito para zamparse en ella hasta la cintura. La persistente baja, motivada por los sucesos de Badajoz y el azoramiento de los tenedores extranjeros, convidaba á meterse en danza, teniendo serenidad y empuje.

Pues decidido. Pensando en esto, activáronse mis fuerzas y recobré la alegría. Por el trabajo, que trabajo era y de los buenos, obtendría yo dos beneficios: evitar los males que causa la holganza, y restablecer mi fortuna en su primitiva integridad. Desde el día siguiente me puse al habla con mi amigote Gonzalo Torres, de quien he hablado antes un poco. Ahora tengo que hablar mucho de él, pues bien lo merece este tipo esencialmente madrileño, el más madrileño quizás que encontré en los años que en la Corte estuve. Aquel gato se había enriquecido en pocos años con atrevidos agios; tenía coche, estaba edificando una casa magnífica en la Ronda de Recoletos y vivía muy bien, sin gran boato externo. Su facha era ordinaria, su estatura menos que mediana, la nariz pequeña y los ojos enormes, huevudos, con ceja muy negra. Presumía de guapo y miraba á todas las mujeres que encontraba en la calle como perdonándoles la injusticia de que no le miraran á él. En este terreno era insufrible. Cuando le daba por relatar sus conquistas, no se le podía oir, porque decía muchas mentiras, revelando un pesimismo depravado. Ninguna á quien él había puesto los puntos, había dejado de caer. No es, por tanto, de extrañar que llegara mi hombre á adquirir, por su propia experiencia, el convencimiento de que todas eran unas... tales.

En el terreno de los negocios sí que me gustaba oirle. Allí se descubría el hombre tal como era, con sus lados malos y sus lados buenos; el español agudo, vividor, de trastienda, que se mete por el ojo de una aguja y va en pos de su interés saltando por encima de cuanto se le opone; tipo perfecto del que no ve en la humana vida más ideal que hacer dinero, y hacia él marcha con los ojos cerrados, digo, abiertos y bien abiertos. Nos veíamos muy á menudo en mi casa y en Bolsa; á veces almorzábamos juntos, y me contaba diferentes episodios de su vida. Esta me pareció digna de estudio, como ejemplo de constancia y temeridad, de desvergüenza por una parte, de tesón por otra. Según me dijo, había pasado su niñez en un comercio de la calle de la Montera midiendo percales y bayetas, soñando siempre con ser rico y despreciando á su principal, un hombre apocado que tomaba el género en los almacenes de la plazuela de Pontejos para revenderlo, siempre con miseria y apuros y sudando la gota gorda en cada vencimiento. Contaba Torres que él, confinado en su mostrador, tenía los ojos del espíritu fijos constantemente en los célebres banqueros Urquijo y Ortueta, que vivían en la misma calle; y tenía cuidado de que no se le escaparan cuando pasaban por delante de la puerta de su tienda á hora determinada para ir á la Bolsa, ó de regreso de ella. Ninguno de los dos tenía coche. Aquellos hombres eran sus ideales; ser como ellos su ambición. A veces poníase á mirar desde la calle á las ventanas de los respectivos escritorios, y soñaba con verse en local semejante, escribiendo facturas, firmando letras, cortando cupones; echándose después gravemente á la calle para ir á la Bolsa, y rompiendo á codazo limpio las manadas de transeuntes.