—También Manolo Armada-Invencible está á la cuarta pregunta. No tienes idea de lo arrancada que anda la aristocracia. Pídele detalles á tu cuñado Cristóbal Medina, que le lleva las cuentas al céntimo.

—Voy creyendo, como mi hermano Raimundo, que aquí no hay más que mil duros, que un día los tiene éste y después el otro...

—Ni más ni menos. Te profetizo que pasarás las de Caín. Hay poco dinero.

—Y muchos á gastar, lo sé.

Seguimos hablando de esto festivamente, riéndonos mucho, y procurando yo esquivar los recuerdos, que á cada paso hacía ella, de nuestros pasados delirios. Por fin se fué, asegurando que nos volveríamos á ver pronto en su casa ó en la mía. Su hermosura, que realmente era para deslumbrar al más pintado, no despertaba en mí sentimiento alguno de cariño; sólo inquietaba mi superficie, dejándome en paz el fondo.

El día siguiente lo pasé muy entretenido con Rafaelito. Era un niño preciosísimo, angelical, que ó nada sabía de travesuras, ó no las hacía delante de mí por el respeto que yo le inspiraba. Su media lengua me encantaba, y su cortedad de genio me le hacía más interesante. Era muy formalito, y se pegaba, se cosía á mi persona, no dejándome á sol ni á sombra. Cuando le sentaba sobre mis rodillas para acariciarle, me pasaba la mano por la cara, tocándome con veneración, cual si quisiera cerciorarse de que yo era una persona viva y no imagen figurada por su deseo. Si entrábamos en conversación, iba soltando por grados su media lengua graciosa, dábame cuenta de los juguetes que tenía y de los que esperaba tener. Su manía entonces eran los globos. Si yo cogía un lápiz en la mano, pedíame que le pintara globos; quería hacerlos con el pañuelo, con un papel, y se le figuraba que la cosa más estupenda del mundo era andar por el aire colgado de una bola que sube. Había visto en París un aeronauta, y tal espectáculo se le estampó en el alma. Hícele varias preguntas capciosas por ver si tenía alguna idea respecto á Fúcar; pero nada pude sacarle: sin duda Eloísa le había mantenido á distancia del marqués, porque el niño sólo tenía nociones confusas de aquel humano globo.

A donde quiera que yo iba por la casa, me seguía Rafael. Se agarraba á mi mano y no quería jugar solo; no se divertía sin mí. En las mesas y credencias de mi gabinete había varios cachivaches de porcelana, entre ellos perritos, gatos, muñecos... Rafael les miraba con cada ojo como un puño; pero no se atrevía á cogerlos, ni siquiera á tocarlos con la yema del dedo índice. Yo le permití que jugara con aquellas baratijas, y él las cogía con más veneración que el sacerdote la Hostia. Cuando yo envolvía en papeles los perros y gatos uno por uno para que se los llevara, la emoción no le dejaba respirar. Al abrazarle, noté que su corazón palpitaba como si se quisiera romper.

Por la tarde, muy á disgusto suyo, le mandé á su casa con Evaristo, que le había traído. Despedíase de mí con resignación, preguntándome si su mamá le dejaría volver otro día. En los siguientes, Eloísa no cesaba de mandarme recados informándose de mi salud, que no era buena, y con los recados solían ir cartitas rogándome que pasara á su casa. Viendo que yo no me daba á partido, fué ella misma á verme varias tardes. Por fin, una mañana me envió con el pequeñuelo una cartita diciendo que estaba mala y deseaba «verme á todo trance.» Bien comprendí que lo de la enfermedad era un ardid; pero las flaquezas propias de la naturaleza humana en general y de la mía en particular me impulsaron á acudir á la cita. Toda aquella moral mía se la llevó la trampa.

Y no sólo fuí aquel día, sino otro y otros. La prójima parecía quererme como antaño; mas yo no veía en ella sino un pasatiempo, un entretenimiento breve, que endulzaba algunos instantes de mi vida amarga; y mientras más caía en aquellas embriagueces fugaces, sin interés alguno espiritual, mayor y más alta era la idealidad de mi pasión por Camila. Aquella loca afición no correspondida se alambicaba y se extendía, cogiéndome todo el ánimo y la vida toda, en la cual era un estado permanente. Sentía desarrollarse en mí dotes poéticas, inspiración fluida y crónica á estilo de la del Petrarca, porque á todas horas me sugería pensamientos sutiles, de los cuales podrían salir sonetos á poco que me ayudase la retórica. Camila no se me apartaba del magín ni un solo rato, y tanto más presente la tenía cuanto más cerca de Eloísa estaba, ó si se quiere, en el mayor grado de proximidad posible. La idea de que eran hermanas me cosquilleaba en la mente, violentando la fantasía para que llegase á la figuración de que eran una misma persona. ¡Y, sin embargo, cuán distintas! El aire de familia me engañaba tan sólo breves momentos.

Si he de decir verdad, me agradaba el poquito de misterio y reserva que era forzoso emplear en mis entrevistas con Eloísa. Sin esta salsa, quizás aquellas crasitudes dulzonas y sin temple me habrían empalagado más pronto. Quiquina y Evaristo me introducían con muchos tapujos. Nunca menté á Fúcar, porque conocí que le repugnaba nombrarle. Pero un día en que hablábamos de las precauciones tomadas para aquellas entrevistas, se puso rabiosa, y señalando con el dedo índice la parte más alta de su cabello en desorden, se dejó decir: