—Seguramente que...
—Porque vea usted —prosiguió él sin dejarme meter baza—. Yo, que tengo dos mil doscientas cincuenta acciones del Banco, usted que tiene quinientas, es un suponer, otro que tiene mil, y otro y otro con tanto y cuanto, y Trujillo que gira diez millones de reales al año, y tal y cual, cada uno con su negocio... Suponga usted que nos reunimos todos y decimos: «hasta aquí llegó la farsa.» Se me dirá que es difícil que tantos intereses se pongan de acuerdo; pero yo, partiendo del principio de que no hay ningún hombre político que tenga dos dedos de frente, sostengo...
—No tiene duda...
Felizmente se apareció Severiano y se lo endosé. Mi amigo se divertía con semejante mostrenco; yo, no. Me atacaba los nervios aquel pedazo de bárbaro, que por el hecho de haberse enriquecido de la noche á la mañana, se lo quería saber todo, disputaba á gritos, quería imponer su opinión, se conceptuaba más rico que nadie, y más listo y más agudo y más caballero y rumboso, cuando en realidad era una baldosa con figura humana, grosero, ignorante y sin pizca de hidalguía ni delicadeza. La fortuna de Barragán ha sido uno de los grandes misterios de Madrid. Era, si no estoy equivocado, de tierra de Albacete. El 60 tenía una tenducha de géneros de punto en la Plaza Mayor. Metióse en no sé qué contratas; hizo préstamos al Tesoro; empezó á crecer como la espuma. El 77 se le citaba como un gran tenedor de valores del Estado. El 80 eclipsaba con su recargado lujo á muchos que siempre pasaron por muy ricos. El 83 no había ya quien le aguantara. Estaba en el apogeo de la presunción ridícula y de la suficiencia cargante. Si se trataba de una construcción pública ó privada, él entendía más que los ingenieros; si de enfermedades, para él todos los médicos eran unos idiotas; si de política, él miraba de arriba abajo á las personas más eminentes. Cuestionando sobre Derecho, se atrevía á corregir á un jurisconsulto encanecido en los Tribunales. Hasta en literatura se las tenía tiesas con el más pintado. En fin, que las coces de aquel burro de oro eran el providencial castigo de la sociedad por el crimen de haberle erigido.
Contóme Villalonga que un día le encontró en Recoletos disputando con Castelar. Ello era algo de política, de religión ó cosa tal, muy sublime. Barragán manoteaba y alzaba la voz delante del rey de los oradores, escupiendo á la faz del cielo los mayores disparates que de humana boca pueden salir. El otro se reía, y le hacía el honor increíble de contestar á sus gansadas. Cuando se separaron, don Isidro dijo á Villalonga:
—Se va porque no puede conmigo. Le he apabullado. Estos señores de las palabras bonitas se vuelven tarumba en cuanto se les ataca con razones...
En Bolsa era á veces insolente. Tenía pocos amigos, y miraba á la muchedumbre perdonándole la vida. Solía hablar del Tesoro como si fuera la faltriquera de su chaleco, y al Banco de España lo trataba de tú. Pero no tenía el valor del aventurero, ni veía los contratiempos con la serenidad del agiotista de raza. Contóme Torres que un día de gran pánico y baja de valores, daba risa ver la cara que ponía Barragán oyendo publicar las últimas cotizaciones. Fué una diversión su facha, y todos iban á verle, inmóvil, espatarrado, con el hocico más estúpido que de ordinario. Los chorros de sudor le corrían por la cara abajo; él se limpiaba y mugía.
María Juana, que era bastante maliciosa, hízome reir contándome los solecismos que el tal decía á cada instante. Oíamos su risa explosiva que estallaba en el salón inmediato como un petardo, y á poco se nos acercó Severiano.
—¿Qué barbaridades ha dicho? —le preguntó María Juana.
—Muchísimas. Ha partido del principio como unas cincuenta veces en quince minutos. Ha dicho que en la cacería del lunes comió fiambre frío, y que ha puesto una pipa en Flandes. Tengo que apuntarlo, porque es oro molido. He de hacer un Diccionario de este hombre, como el que Paco Morla hizo de las barbaridades del general Minio.