—Ayer —refirió María Juana, tapándose discretamente la risa con su abanico— estábamos hablando de una mala compra que hice. Él quiso decir que me habían dado un timo; pero no pareciéndole fina la palabra, dijo que me habían dado un mito...
—Es divino ese hombre...
—No se paga con dinero.
—Lo que es eso... Ya se ha cobrado él de antemano las gracias que dice.
—Severiano —añadió mi prima— no conoce todavía á la señora de Barragán. Esa sí que es tipo. Venga usted á comer pasado mañana. Verá usted... Yo la llamo No Cabe Más, porque esta frase no se le cae de la boca, siempre que elogia algo; y ha de saber usted que no habla sino para ponderar sus cosas. No cabe nada más rico que las cortinas de su sala; no cabe nada más ligero que su berlina de doble suspensión; no cabe nada más elegante que el vestido que le ha hecho á Esperancita...
Vimos á la señora de Barragán dos noches después. Yo la conocía, mi amigo no. Con ser bastante antipática, valía mucho más que su marido, y en parangón de él era un prodigio de talento y finura. Componíase de un gran montón de carne blanca y blanducha, de una boca enorme, de unos ojos fríos y claros. A duras penas podía el corsé contener aquellos pedazos tan exuberantes. Bajo este punto de vista no cabía más: estaba todo lleno, y parecía que toda aquella oprimida máquina iba á reventar como una bomba, haciendo destrozos entre los circunstantes. Como era de pequeña estatura, y además se había tragado el palo del molinillo, el mote que le había puesto mi prima no podía ser más adecuado, porque, en efecto, parecía estar diciendo en un resoplido angustioso: «No cabe más, y este palo del molinillo es excesivamente largo y lo voy á vomitar.»
¿Pero qué había de vomitarlo? Lo que salía de la boca era un sin fin de palabras exprimidas, estudiadas, relamidas, queriendo que fuesen finas y sin poderlo conseguir. Esperancita era graciosa, vivaracha y bonita; pero tenía en el semblante un cierto aire de familia: el aire reventativo de su papá, según decía Severiano. Este le daba mucha broma, y ella se pirraba por que se la diera.
—Me parece —dije en secreto á María Juana— que limitas mucho tus invitaciones. Es preciso que animes esto. Aquí faltan mujeres. Esperancita y su hermana, No Cabe Más, la señora de Mompous, la de Torres y la de Bringas dan poco juego para tanto hombre... Es preciso que renueves el personal y traigas gente alegre y de partido... ¿Por qué no traes á Camila?
—Si no quiere venir... Y verdaderamente no es para sentirlo. A Medina no le gustan nada los aires un tanto libres de mi hermana. Dice que si no es mala, lo parece. Con todo, haré por que venga. Pero estate tranquilo, que no piarás por mujeres. ¡Ay! ¡qué sorpresa te tengo preparada!...
—¿Sabes que estoy con mucha curiosidad...?