—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? Reblandecimiento de la médula.

—¿Has consultado algún médico?

—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su proceso, sus síntomas y su tratamiento.

Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la pía mater, del canal raquídeo, de la substancia gris, de las perturbaciones vasomotoras, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja y con precipitación maniática sílabas obscuras.

—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La afasia, ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de r líquida después de t, es decir, las sílabas tra, tre, tri, tro, tru...

Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha animación.

—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. Recitándolo, puedo sintomatizar la afasia y también prevenirla, porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.

Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, este incalificable trozo literario:

Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo Tetrarca trapense.

Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por Dios que se callara.