Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que empezaba con el triple trapecio de Trípoli, ya estaba yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.

No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se bajó á dormir á mi casa.

—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco á poco, y por fin me han metido en un triclinio en que estoy trigonométricamente trastrocado. Si quieres, puesto que tienes casa de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más acompañado.

Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le tenía siempre junto á mí como mi sombra.

Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los triunviros trogloditas.

—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en castellano.

A él se le encendían los espíritus con esto.

—¿Es verdad ó no que no hay guita?... ¡Oh! si tengo yo un ojo médico...

—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese —exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.

—¿Por qué no te clareabas?