—Doy á 95.

—Guárdeselo usted...

Otras veces, Torres se levantaba de su asiento y exclamaba:

—Hechas.

Como aquel maldito explotaba el pesimismo, nos llevaba siempre cuentos lúgubres de sediciones militares y de trapisondas y crisis de mil demonios. El Ministerio estaba dando las boqueadas; el Rey enfermo, y los republicanos en puerta. Siempre tenía dos ó tres telegramas de París que enseñarnos anunciando depreciación; pero los de verdadero interés para él se los guardaba donde nadie los viese. Era un bajista temible, y no parecía prudente aventurarse en contra suya, porque confabulado con un sindicato de jugadores franceses, dominaba nuestra Bolsa. Medina y yo le seguíamos, unas veces juntos, otras no. Cuando mi liquidación de fin de mes, después de casar cifras, arrojaba algo en favor de Cristóbal, éste me decía:

—Mañana me tiene usted que aflojar cien mil pesetitas.

Decíamelo con tal complacencia y regodeo, que me lastimaba. No era costumbre entre jugadores hablar así. Indudablemente tiraba á dar de veras, y hacía las combinaciones con saña y deseo de herirme en lo vivo. Esto y lo de los cigarros y sus interrupciones cuando María Juana y yo hablábamos, y otras señales evidentes de su recóndita inquina, movieron en mi ánimo deseos vivísimos de jugarle una mala pasada. Este sentimiento nació en mí débil, y fué tomando cuerpo, alentado por sucesos que he de referir á su tiempo, amén de otras causas inherentes á la naturaleza humana. Al principio, rechazó mi conciencia la idea de la mala pasada; pero poco á poco la idea se extendió y echó raíces, concluyendo por posesionarse de mí con fuerza irresistible. ¡Vaya si se la jugaría! Y no buscaba yo la mala pasada, sino que ella venía hacia mí, solicitándome para que la jugase; yo no tenía más que alargar la mano... Nada, nada, que aquel hombre íntegro y juicioso me pagaría juntas todas sus groserías.


XXII

Varias cosillas que no debo dejar en el tintero y la enfermedad de Eloísa.