I
Un domingo por la mañana, cuando menos lo esperaba yo, presentóseme en mi casa María Juana. Venía de oir misa en las Salesas. No habíamos acabado aún de saludarnos, cuando... ¡tilín! la señorita Camila. Esta no venía de misa, sino de dar un paseo por el Retiro con Miquis, porque la mañana estaba hermosa.
—¿Y las camisas? —me preguntó desde la puerta del gabinete—. ¿Te has puesto alguna?
Al oir la pregunta, María Juana y yo soltamos la risa. Precisamente la noche antes habíamos hablado de las tales camisas y de lo mal que estaban. Camililla las hizo con toda la mejor voluntad posible, muy bien cosidas; pero en los cortes demostraba que no es tan fácil dominar aquel arte.
—Pues te diré... Siéntate primero.
—Salud, —refunfuñó Miquis entrando.
—Te diré... Las camisas...
—¿Qué? ¿Vas á salir ahora con que no están bien? —gritó la autora con la prontitud de su genio impetuoso.
—No, mujer... escucha...
—Ya me lo figuraba. Hícelas yo, pues por fuerza habían de estar mal. Nada, lo que digo. Todo ha de ser francés; si no, no gusta. ¡Ay qué españoles éstos! Desprecian lo de aquí, y se les cae la baba con cualquier mamarracho que venga de Francia.