—¿Pero á dónde vas á parar?

—Sí, sí —añadió alzando más la voz y manoteando—. Si hubiera hecho las camisas algún franchute, ¡oh! entonces serían magníficas; pero las he hecho yo... Vamos á ver, ¿qué defecto les has encontrado?

—Si no me dejas hablar; si iba á decir que están muy bien...

—No están sino muy mal —declaró María Juana con la seriedad de quien acostumbra á poner la justicia por cima de todas las cosas.

—¡Muy mal!... ¿Y tú qué sabes?

—Lo sé, porque él me lo ha dicho anoche.

—No te enfades, Camila —indiqué yo, tratando de templar aquellas gaitas—. El corte de camisas es difícil: se necesita mucha práctica...

—Pues Constantino no usa más que las cortadas por mí, y no se queja. ¿Verdad, tú?

Constantino estaba entretenido viendo unas fotografías de caballos, y no hizo caso de la pregunta.

—En rigor no están mal —añadí—. El cuello no encaja bien, se sube un poco por delante, y la pechera se abulta, se abomba, figurando algo así como delantera de un ama de cría...