Las risas de María Juana desconcertaron más á la otra, que dió algunas pataditas.
—La culpa tengo yo por meterme á generosa. ¡Mal agradecido! Quita allá. No vuelvo á dar una puntada por tí. Permita Dios que cada puntada que he dado en las seis camisas, sea un picotazo en tu corazón y se te vaya agujereando como si te lo comieran los pájaros.
—¡Jesús, qué barbaridad! —exclamó la hermana mayor.
—Y nada más... ¡Vaya con el señor de los pechos planchados...! que le han de hacer las camisas los ángeles, y no han de tener ni una arruga... ¡Y quémeme yo las cejas para esto!
—Vamos, Camililla, no te enfades. No es extraño que el primer ensayo... Ahora te compraré más tela, y me harás otra media docena.
—¡Yo!... Que los dedos se me pudran si vuelvo á dar una puntada por tí. Te desprecio... altamente.
—Y nada menos que altamente.
—Y en prueba de ello, mira lo que voy á hacer. ¡Ramón!
Empezó á dar voces llamando á mi criado. Constantino le dijo:
—No alborotes, chica. ¡Que siempre has de ser así...!