Pertenecía esta voz á un individuo que imitaba á Torres en la manera de reir y en la costumbre de tutear; dedicábase á comprar picos, y operaba en chinchorrerías. Su especialidad era estar siempre de capa hasta el cuarenta de Mayo lo menos; se llamaba Mazarredo, y cuando hacía un buen negocio, expresaba su gozo imitando el canto de la codorniz con gran escándalo y risa de todos los concurrentes á la Bolsa.

Al oir que Trujillo quería hablarme, corrí al ángulo segundo de la derecha. Aquél no era el Trujillo que yo conocía, sino su primo Manolo, joven muy simpático, rico, soltero, elegante, de buena figura. Desde el año anterior había empezado á padecer de la vista, y perdiéndola gradual y rápidamente; á la fecha de lo que escribo estaba ciego del todo. Era un dolor verle, con los ojos cuajados y fijos, la cara pálida, ansiosa, queriendo ver y no viendo nada. El pobrecito se hacía la ilusión de que veía algo, y los amigos cuidábamos de no quitársela por completo.

—¿Qué tal, Manolo?...

—Mejor, mejor —respondía infaliblemente, pasándose una mano por delante de los ojos—. Principia á aclarar el derecho... Me veo perfectamente los dedos.

Todos los días, como quiera que estuviese el tiempo, se vestía correctamente, y un criado le llevaba á la Bolsa á eso de las dos y cuarto y le sentaba en aquel ángulo, de donde no se movía, hasta que á las tres y media volvía el mismo criado á recogerle. Aunque era joven, se había estrenado en los negocios, para los que tenía gran capacidad, y no podía vivir sin respirar durante un rato aquella atmósfera picante, en la cual no se sabe qué es más espeso, si el aire cargado de humo ó el ambiente aquél de las cotizaciones saturado de números. Hay gustos muy raros.

Sentéme junto á él, y aún no le había estrechado la mano, cuando, dando un gran suspiro, me disparó estas palabras:

—¿Conque Eloísa se muere?...

Dejóme frío la noticia y la puse en duda.

—No, no es cuento. Anoche he estado allí... Muy mala, muy mala la pobre. Es cosa de la garganta, del cuello, no sé qué. Dicen que está horriblemente desfigurada. Yo, como no la puedo ver, siempre la veo hermosa.

Manolo Trujillo había sido, antes de perder la vista, uno de los más fervientes y al mismo tiempo más discretos admiradores de Eloísa. Después de su ceguera, la visitaba de vez en cuando, haciendo gala de una especie de inclinación alambicada y platónica, sentimiento muy propio de un caballero que ha visto mucho y ya no ve nada. No esperé á que acabara de contarlo, y deplorando mi descuido, corrí á la calle del Olmo.