—Doña Eloísa está muy mal.
Era la voz del cobrador de Medina, amigo y protegido de mi tío.
—Pero, hombre, si la señorita María Juana me ha dicho anoche que ya estaba bien...
Por la tarde subí á ver á Camila. No estaba.
—La señorita —me dijo la criada— ha ido á casa de su hermana, que está muy malita...
—¿Y el señorito Constantino?...
—Ha salido á caballo, como todas las tardes.
«Conque sigue mal la infeliz... —pensé al retirarme—. Bueno: mañana iré á verla.»
Y llegó mañana, y no fuí tampoco. Se necesitaba un espolazo mayor para decidirme. Hallábame en la Bolsa. Poco interés aquel día. Acerquéme á los distintos corros, que estaban muy desanimados. Generalmente, en estos pelmazos humanos dominan los hongos número dos y las americanas de mal traer; hay algunas capas, y por lo común formas no muy exquisitas. Hay corro que parece de apreciables tenderos de ultramarinos; el del Perpetuo, enracimado en la barandilla, es el más bullicioso. Pero aquel día sólo había un poco de vida en el de los Aguadores, ó sea los que operan en Cubas. Del de los Negritos, que es el más modesto, salió una destemplada voz que me dijo:
—Don José María, el señor Trujillo estaba preguntando hace un rato si había venido usted.