Un día me dijo Medina, sin detener el paso, para lo cual tuve que dejarme ir con él:
—¿Sabe usted que Eloísa está mal?
—¿Mal de intereses? Ya me lo suponía.
—No: de salud... Debe de ser cosa de cuidado.
Como en seguida hablamos de un tema en extremo interesante, la liquidación del siguiente día, fin de mes, se me fué del magín Eloísa y su mal.
—Esta liquidación va á dar algunos disgustos —gruñó Medina—. Sáinz me tiene que aflojar diez mil pesetas, Cecilio setenta y cinco mil. ¿Quién liquida por ese Cañizares de los espejuelos verdes? Creo que lo hará Paco Rojas. ¿Y usted, qué tal? Ya, ya sé que tengo que aflojar á usted doce mil pesetas; pero las casaremos si Rojas tiene algo á favor de usted.
Aquella noche, en su casa, sacamos nuestras notas de liquidación, y matando y casando, obtuvimos nuestros respectivos totales. Él y yo quedábamos casi á la par. Un tal Sáinz, con quien yo había hecho muchas dobles, y que en aquel mes hizo conmigo una operación alta, nos tenía que entregar á Torres, á Medina y á mí, por diferencias, unos noventa mil duros. La liquidación fué algo penosa, porque Sáinz estuvo al ras de presentarse en quiebra. Nos tragamos nuestro susto, pues aunque la operación había sido pública y con todas las formalidades, si el tal no tenía, era forzoso tomar lo que quisiera darnos. Por fin, el 2 de Marzo Sáinz se presentó en el Bolsín á proponernos saldar sus compromisos con una partida de Cubas y otra de Obligaciones de Osuna.
—Si usted no quiere las Osunas —me dijo Medina—, yo las tomo todas.
—Me es igual —respondí.
Y concertamos que Cristóbal tomaría las Cubas y yo todas las Osunas. Aquel mismo día, en el Bolsín, salió del corro de contratación una voz gangosa que me dijo: