Mostréme conforme con esto, y me volví tan filósofo que no había más que pedir. Sí: yo también me vencía; yo también batallaba día y noche; yo era un atleta que me robustecía moralmente con la gimnasia aquélla de dar bofetadas al pícaro gusto y acoquinarlo y meterlo en un puño... ¡Como que mi prima y yo éramos un par de santos, que á poco que nos esforzáramos íbamos derechos á la canonización! Díjele que admiraba su virtud y su fortaleza como las cosas más peregrinas que había visto en mi vida, y que... en fin, dije muchas cosas, con las cuales me parecía que estaba envolviendo en paja la verdad de mis sentimientos con respecto á ella, para remitirlos en gran velocidad. Yo era el embalador del desprecio que me inspiraba.

Firme en aquel pedestal de filosofía, hablóme de Medina, llamándole el mejor de los hombres. Con cien vidas de abnegación no le pagaría ella el cariño inmenso que él le tenía. Y dispuesta estaba á hacer todos los sacrificios posibles, pues se sentía con fuerzas íntimas capaces de levantar montañas... Por mi parte, yo no me podía quedar atrás en aquello de sojuzgar las pasioncillas. También tenía yo estímulos de virtud tan grandes como la copa de un pino; yo era hombre capaz hasta del heroísmo... Total: que nos despedimos en la calle de Goya, acordando que me convidaría el lunes próximo, y que yo no iría; al otro lunes debía ir, retirándome un ratito después de comer. Algunas tardes podía visitarla, siempre á las horas en que Medina estaba, y nada más, nada más... Esto se llamaba cortar por lo sano.

—Piensa mucho en Victoria —me dijo en el último apretón de manos— y decídete de una vez. Es lo que te conviene, es tu salvación, y por eso es lo que yo quiero.

«Lo que tú quieres, bien lo veo —me dije para mi sayo al volverme á mi casa—. Pues te saldrás con la tuya.»

II

Aquel mismo día, no sé dónde, oí decir que Eloísa estaba enferma. Era cosa de la garganta, indisposición pasajera tal vez, la neurosis de la pluma. No hice caso ni pensé en ir á verla. El general Morla me entretuvo toda la tarde, enseñándome las armas que había adquirido recientemente, y sus variadas colecciones, que no se acababan de ver nunca: tal era su riqueza. Tenía una de clavos arrancados de las puertas de Toledo, otra de bacías de barbero y otra de muestras de escritura, la cosa más galana y famosa que se podía ver. Habíalas hechas con las dos manos á la vez, que eran una maravilla de destreza caligráfica. Ví también botones militares, espuelas, estribos y mil herrajes diversos, todo muy limpio y admirablemente clasificado por épocas. De mañanita se iba mi hombre al Rastro, en cuyos revueltos tenderetes había encontrado verdaderas joyas arqueológicas.

Comimos juntos aquella noche, y recayendo la conversación sobre intereses, indicóme el deseo de poner en mis manos parte de sus economías para que yo se las colocara en mis negocios, dándole la renta que me pareciese bien. Él no entendía ni jota de compra y venta de papeles. Su Bolsa era el Rastro, donde parece que reviven las anécdotas de cien generaciones en los desechos y barreduras de las mismas. No me gustaba encargarme de intereses ajenos; pero por ser Morla quien era, y por la confianza ciega que en mí tenía, consentí en ser su depositario.

Y ya que hablo de negocios, diré que había logrado con ellos lo que me propuse, á saber: distraerme y ganar algún dinero. A estas ventajas debo añadir la actividad física que por necesidad era inherente á tal género de vida, y aunque tenía coche, resolví usarlo poco para que el ejercicio me desentumeciera. De noche me imponía la obligación de visitar á mis amigos en los distintos círculos á que concurrían. Por charlar un poco con el amigo Arnáiz, iba al Círculo de la Unión Mercantil, de que él era presidente; por ver á Severiano y á Chapa, iba un rato al Casino, y Morla y Villalonga me llamaban hacia el Ateneo. De estos círculos era yo socio, aunque calentaba poco los divanes en ellos. Al Bolsín no iba sino cuando tenía que ver necesariamente á Torres, ó á Samaniego, que siempre estaba allí de una á dos, la hora de liquidar, llamada propiamente de Bolsín. Aquel círculo me era muy antipático, dicho sea sin ofender á nadie. A la sala de liquidación no le faltaba más que el vino para parecerse á una taberna. Por las noches la invadían los cobradores y zurupetos, jugando al tresillo en las mismas mesas donde por el día se mataban y se casaban las diferencias; y los escuetos salones eran para mí lo más aburrido del mundo, salvo cuando corrían noticias de bulto. En estos casos el Bolsín era el centro de las palpitaciones comerciales, el gran simpático que reflejaba la excitación de todo el Madrid financiero. Pero en noches normales parecíame un casino soso, no exento de grosería. El gallito de él era Torres, que todo lo animaba con sus dicharachos crudos, con su costumbre de tutear á todo el mundo y aquella risa repentina, entre marrullera y soez, que desde la escalera se oía, y á la cual algunos daban toda la importancia de un signo de lenguaje y presumían de saberlo traducir.

A la Bolsa iba yo entonces todos los días, unas veces decidido á hacer algo, sin meterme muy á fondo; otras por tomar el pulso al juego. Corriéndome hacia la derecha, me encontraba con la alta Banca, entre cuyos individuos tenía yo buenos amigos. Solía tropezar con Partiendo del Principio, que en dos palabras me daba á conocer la excelsitud de sus conocimientos, y no perdonaba ocasión de hacerme saber que yo era un inocente, y que la humanidad toda pasaba desapercibida para un sujeto tan perspicuo como él. Medina no faltaba ningún día, y se paseaba de largo á largo en el espacio aquél de la derecha, conforme entramos, sin pararse un momento. Andando, daba sus órdenes á Samaniego, que bajaba del parquet con frecuencia, y se ponía de acuerdo con Torres. Este no iba todos los días: se había crecido mucho para prodigarse. Cuando se aparecía por allí, toda aquella gente de los corros le miraba con cierta veneración, y él se inflaba lo indecible. En el murmullo del local, tan semejante al zumbido de una colmena, sonaban sus risas prontas, ásperas y estridentes, parecidas al rasgar de telas que se oye pasando por la calle de Postas á las horas de más venta. Comúnmente se venía hacia mí, y concertábamos una operación modesta. En aquel local siempre me tuteaba: era costumbre arraigada en él, de la cual sólo se eximían Ortueta, Urquijo y otros pocos por quienes tenía adoración. Era un asombro ver cómo se lanzaba á mayores, haciendo operaciones arriesgadísimas, por sumas fabulosas, con mediación de Samaniego, pero sin publicar.

Torres no salía del local sin que le anunciara el coche un lacayo cargado de pieles. Daba compasión ver al pobrecito muchacho sudando cada gota como un puño. Pero el agiotista creía sin duda pregonar mejor su riqueza por medio de las zaleas que ahogaban á aquel infeliz mancebo, y no se las quitaba hasta muy entrado el tiempo de calor. En esto no imitaba á sus patriarcas Ortueta y Urquijo, que hacían gala de retirarse siempre á pie. Partiendo del Principio, después de espatarrarse un momento delante del parquet, limpiarse el sudor de la frente con cierta pausa, á que él quería dar aires de gravedad, y decir cuatro sandeces, se iba en su victoria camino del Retiro, donde le esperaba No Cabe Más, siempre de tiros largos, siempre estrenando, siempre en perpetuo domingo ó Corpus ó Jueves Santo, por lo chillón y nuevecito y llamativo de cuantos perendengues llevaba.