—No, no te molestes... Es que no quiero que me acompañes. Te lo prohibo terminantemente.

De pronto hizo un movimiento expresivo, como si se acordara de algo importante, y lanzó una exclamación de desprecio de sí misma.

—Vaya, si parece que estoy tonta. ¡Qué cabeza ésta mía! ¿Pues no me iba sin decirte aquello precisamente por que he venido?

—¿Sí? ¿me tenías que decir...?

—Una cosa, sí... lo que más presente tenía.

Se sentó, y yo también, lo más cerquita de ella que pude.

—Pero no —indicó de súbito, mostrando gran confusión y perplejidad, y volviéndose á levantar—. Dije que me marchaba y no me retracto. Coge el sombrero, y por el camino te diré lo que te tenía que decir.

Y calle de Zurbano adelante, pensaba yo así: «Te veo venir. En fin, tú resollarás.»

Lo que me tenía que decir salió ya en lo más bajo de la Ronda de Recoletos. Era que Medina había dado á entender que no le gustaba la frecuencia de mis visitas. No quería esto decir que hubiera malicia en mí. Pero en la vida hay que dejar de hacer á veces las cosas más inocentes para evitar malas interpretaciones. Era imposible que una persona tan sabia, tan filósofa, si es permitido decirlo así, como María Juana, tratase de un punto relacionado con cosas de moral sin dejar de exponer alguna bonita doctrina.

—Nada hay tan sabroso para el alma —declaró— como obligarse á hacer cosas contrarias á nuestro gusto, y recrearse, después de hechas, en ver cuán fácil era lo que nos parecía difícil.