—Sí: en mi segundo —afirmé señalando al techo— vive la querida del director de no sé qué ramo; una tal Felisa, que llaman la Chocolatera... La habrás oído nombrar; la habrás visto alguna vez. Es guapa, un poquito ajada.
—¡Ah! sí, estaba en San Juan de Luz... ¿Esa ha comprado las credencias?...
—Ayer estaba yo en casa, y ví á media docena de mozos de cuerda que las subían. Puedes creer que me lastimó ver aquellos hermosos muebles que fueron míos... ¡Volteretas del mundo!
—¡Saltos mortales!
—Y parece que me persiguen estas visiones tristes. Anteayer pasé por la calle de Hortaleza y ví el busto de Shakespeare en el escaparate de la Juana, rodeado de mil chucherías. Entré en la tienda y lo compré sin reparar el precio.
—Es verdad: aquí está. ¡Qué hermoso es! ¡Y cómo nos mira!
Estuvo un momento abstraída. De pronto, como quien vuelve en sí, me miró fijamente, diciendo:
—Vaya... te dejo... Tengo que marcharme.
La insté á que prolongara la visita; pero se resistió á ello.
—Bueno, pues te acompañaré hasta tu casa.