—Pero creí que era alguna desazón ligera.

—No está mala desazón. Anoche creímos que se nos iba. ¡Pobrecita! Y siempre preguntando: «¿Ha venido?» No quería mandarte llamar, sino que vinieras tú por tí mismo.

—Hija, no sabía...

—Francamente —afirmó mirándome cara á cara—, lo que has hecho es una indecentada... Porque, sea lo que quiera, pórtese bien ó mal, en eso no me meto, cuando una persona se muere... todo se perdona. Y tú la has querido, tú la has hecho pecar...

—Pero ¿cómo está, cómo está? ¿Es cierto que hay mucha gravedad? —le pregunté sintiendo un dogal en mi garganta.

—Mucha. Pero hoy está mejor que ayer. La hinchazón ha bajado algo. Ya no padece tanto. Dices que no sabías... ¡tonto! ¿Pues no te dijo Ramón que anoche me quedé aquí?

—No me ha dicho nada.

Y dale que le darás al menjurje aquél, que era espeso, viscoso, almidonáceo, y parecía tener leche á juzgar por su blancura.

—Esto es una cataplasma... —me dijo Camila bajando más la voz—. ¡Pobre Eloísa! Si entras á verla, ten cuidado de no dejar conocer la impresión que te ha de causar. Está horrible, espantosa. No la conocerás. Haz como que no encuentras en ella nada de particular. Más que el dolor y la fiebre, la mortifica la idea de lo fea que se ha puesto. No hace más que llorar y pedir á Dios que se la lleve antes que dejarla así.

Me acuerdo de haber dado un gran suspiro al oir esto. Camila y Micaela empezaron á extender aquella pasta sobre los trapos, soplando á la vez para que se enfriase. Después pasaron las dos á la alcoba, en la cual, al abrirse la puerta, noté que había completa obscuridad. Sentí lamentos que me traspasaron, con los cuales se confundían las voces cariñosas de las dos enfermeras.