—Si no te lastimamos; si es aprensión tuya...
—No tenga usted cuidado, señorita. La cataplasma está muy pegada y la vamos sacando poquito á poco...
Y seguían los quejidos y ayes de angustia, con invocaciones á la Virgen y á toda la corte celestial.
Cuando Camila volvió al gabinete, me susurró al oído estas palabras:
—Ya sabe que estás ahí. Se ha excitado un poco. Dice que no entres todavía; espérate. Ha mandado cerrar bien las maderas para que no entre ninguna luz. Cuidadito con lo que te he advertido.
Transcurrió bastante rato, y al fin Micaela apareció en el umbral, haciéndome señas de que pasara. Entré con vivísima emoción. No veía absolutamente nada. La atmósfera de la alcoba era espesa, repugnante; ambiente de enfermería que se hace irrespirable para todo el que no lo acometa con el desinfectante de la abnegación y del amor. A mí me tiraba á matar, oprimiéndome los pulmones. Micaela salió. Acerquéme al lecho, y palpando hallé el respaldo de una silla. Al sentarme dije palabras cariñosas, de fórmula, no sé cuáles. Oí entonces la voz aquélla, apagadísima y desentonada por la fiebre, pronunciando estas palabras:
—Por fin... pareciste... Tú habrás dicho: «Que se muera como un perro...»
Con las palabras salía del lecho un vaho infecto y pesado.
—¡Qué cosas tienes! Es que no sabía... Ya me ha dicho Camila que estás mejor.
—¡Ay, mejor! —exclamó la voz con desaliento—. Si me muero, si estoy hecha una miseria, una asquerosidad... No quiero que me veas. Estoy horrible.