—No te sofoques, hija. Eso pasará. Y no estás tan desfigurada como crees.

—¡Ay! chiquillo, tú no me has visto. Si me vieras, te espantarías, te parecería mentira que me quisieras.

Me incliné hacia ella.

—No, no te acerques, por Dios... Estoy rodeada de miseria humana. Pase el morirse; pero morirse así, apestando...

—No te agites. Me marcho, si no eres razonable.

—No: quédate otro poquito... Pero no me mires. Si ves algo, mandaré á Micaela que eche la cortina y que tape hasta la última rendija. No quiero que veas este adefesio que te gustó tanto cuando era de otra manera.

—¿Pero qué es al fin? Aún no sé lo que tienes.

Contóme en palabras breves su enfermedad. Empezó por un recrudecimiento de aquella sensación de la pluma. Pronto se determinó una angina, con fiebre intensísima. El médico dijo que era una angina maligna. No podía tragar; se ahogaba. De pronto empezó á hinchársele el cuello... un bulto horrible, que crecía por horas, y la fiebre subiendo, y el cerebro trastornado... delirio, inquietud. La noche última, por fin, cuando ya creía que se ahogaba, empezó la resolución... ¿Para qué hablar más de aquello? Era un horror.

—¿Qué tal de calentura? —le pregunté—. Dame acá una mano.

Sentí la mano que venía á buscarme. La busqué y nos encontramos. ¡Oh! ardía.