—Tienes muy poca fiebre —le dije, observando que tenía mucha y que las pulsaciones eran muy irregulares.
Le besé la mano una, dos, tres veces, conociendo cuánto gusto le daba con ello.
—Puedes besarla sin cuidado —afirmó con acento de cariño, que era como un alfilerazo en mi corazón—. Cuando supe que estabas aquí, hice que Micaela me las lavara... Es el único gusto que tengo ahora, en medio de esta suciedad, en medio de este pánico de la pestilencia que me mata más que el dolor.
—Esto no es nada, hija —repetí traspasado de lástima—. Dentro de ocho días verás qué buena te pones. Un poco de molestia, y nada más. Te acompañaremos, te cuidaremos mucho. ¿Te asiste Moreno Rubio?... Pues pierde cuidado. Eso no vale nada. Es un desahogo de la naturaleza. Te vas á quedar luego más buena... y más guapa que antes.
—¡Ay! tú no sabes cómo estoy. Ocho días de fiebre muy alta me han dejado en los huesos... Entra tu mano, y toca, chiquillo.
Metí la mano por entre las sábanas tibias, húmedas y pegajosas, y allá, en lo más caldeado, tropecé con su mano que me guiaba, mientras la quejumbrosa voz decía:
—¿Ves?... ¿ves qué pellejos?... Soy la muerte, la muerte.
Advertí que lloraba, y le dije por consolarla cuanto me parecía propio del caso.
—¡Oh! no, no, no me pondré bien —exclamó ella con amargura hondísima—. He sido muy mala, y Dios me está castigando. Pero por mala que una mujer haya sido, verse una entre esta inmundicia, verse así en los huesos...
—No te apures por las carnes, hija —le respondí haciendo un esfuerzo por reirme—. Verás qué pronto las echas: te pondrás gorda.