—¡Gorda yo!... ¡Jesús! No volveré á ser lo que fuí. ¡Y este cuello, Dios mío; esta monstruosidad...!

—Vaya, estate tranquila. La conversación y esas sofoquinas te perjudican mucho. Te voy á dejar... No: si vuelvo, no te apures.

—He sido mala, lo conozco... pero bien merezco que me vengas á ver, por lo mucho que me acuerdo de tí. Lo que yo digo: si tuvieras un perro y se pusiese enfermo de muerte, ¿no bajarías á verlo al sótano, y lo rascarías con un palo? Pues eso, eso... Yo no pretendo que te intereses mucho por mí; pero llegar, darme un vistazo...

En esto comencé á ver algo en la lóbrega habitación. Fuera porque mis ojos se habituasen á la obscuridad, ó que entrara más luz por las rendijas del balcón, lo cierto es que ví, y más deseara no ver. De la obscuridad, amasada con el vaho del lecho en términos que ambos fenómenos parecían uno solo, destacóse una forma confusa, de contornos tan extraños, que al pronto la creí determinación engañosa del bulto de las almohadas. Miré más, avivando el poder de mi retina cuanto pude, y causóme indecible terror la certidumbre de que aquella monstruosidad era la cara que conocí en la plenitud de la gracia y la hermosura. Parecióme enorme calabaza, cuya parte superior era lo único que declaraba parentesco con la fisonomía humana. Mas en la inferior la deformidad era tal, que había que recurrir á las especies zoológicas más feas para encontrarle semejanza. ¡Pobre Eloísa! La impresión que sentí fué de tal manera penosa, que cerré los ojos para no ver más. Dios mío, ¿por qué me permitiste ver aquella máscara horrible? Nunca la olvidaré. Parecíame ver expresadas en un solo visaje todas las ironías humanas.

—Nada, hija: te dejo sola para que descanses. No, no me voy de la casa, y entraré más tarde si te sientes bien. Descuida, que te sacaremos adelante.

—Bueno, hijito —replicó declarando en el tono su alegría—. Me haré la ilusión de que me quieres, á ver si de este modo me animo un poco.

Hice un gran esfuerzo para besarla en la frente. Para ello cerré bien los ojos. Cuando salí de la sofocante alcoba, iba pensando qué cruz tan pesada y espantosa es ser enfermero en frío, ó sea cuidar á enfermos á quienes no se ama.

IV

Salí á mis quehaceres y volví sobre las cinco. ¿Por qué he de ocultar una cosa que me desfavorece? La compasión por Eloísa me atraía verdaderamente; mas el deseo de encontrarme con la otra no me impulsaba menos hacia la calle del Olmo. Dicho en plata, me ilusionaba el ver allí á Camila, hecha una interesante enfermera; y si, al acordarme de su infeliz hermana, se aplacaban los fuegos de mi querencia, cuando suponía á la enferma salvada y mejorada, no podía menos de recrear mi espíritu en la idea de tropezarme con Camila en los rincones y callejuelas de aquel solitario caserón que tan bien conocía yo. Debo decir que mi locura, bien por no ser correspondida hasta entonces, bien por la depuración de mi espíritu en el trabajo, se había vuelto platónica. Siempre que podía hablar con Camila á solas, pintábame como un enamorado entusiasta, pero tranquilo, admirador frenético de sus eminentes virtudes y de la misma resistencia que me había puesto en tal estado. Y era verdad esto que le decía: la tal borriquita se me había subido á lo más alto de la cabeza, allí donde se mece, á manera de nube, lo puramente ideal, lo que es y no es, lo que nos habla de otros mundos y de Dios, haciéndonos á todos un poco poetas, religiosos ó filósofos, según los casos.

Yo no me alegraba de que Eloísa se pusiese peor; al contrario, lo sentía mucho; pero deseando que se mejorase, sentía que Camila no estuviese allí todo el día y toda la noche con su delantal azul, aunque sus manos olieran á cataplasma. Cómo compaginaba y conciliaba mi espíritu estos dos deseos, no lo sé decir. Pero es el espíritu tan buen componedor, que sin duda resultaría un arreglito en mi conciencia, escarbando mucho en ella para buscarlo.