Dejo esto por ahora, y sigo con la otra infeliz. Moreno Rubio, después que la vió al anochecer, me dijo que aunque la mejoría se había iniciado, no las tenía todas consigo. Explicóme lo que era aquello con todos sus pelos y señales, dándome á conocer la resolución posible, el proceso reparador en caso favorable, la complicación en el caso contrario. Pero no repito las palabras de aquel observador eminente por no cansar á mis lectores, ni entristecerles con estos pormenores tristísimos de la desdicha humana. Digamos sólo, con la religión, que somos polvo, inmundicia, y que siendo tan mala cosa, todavía ha de haber quien quiera regalarse con nosotros, y estos golosos de nuestra podredumbre son los gusanos.

Yo no pasé á ver á Eloísa, porque no se excitara; pero á eso de las diez se puso tan inquieta que nos alarmamos. Estábamos allí mi tía Pilar, Camila, Constantino y yo. Raimundo se había marchado á las nueve, y el tío Rafael vendría más tarde. Empezó la enferma á hablar como una taravilla: á ratos lloraba, á ratos anunciaba su muerte. Pedía que yo entrase; después que no. Quería estar á obscuras; luego la obscuridad le daba miedo, y era forzoso encender luz. Desde la puerta le oí decir, llorando:

—Me muero, conozco que me muero. Es terrible morirse así, en este muladar... Dios me perdonará. ¿Está ahí José María? A él le encargo que no entre aquí ningún cura: ¡no, no quiero ver curas...! Ya me las arreglaré sola con Dios.

La fiebre era muy alta aquella noche, y estaba la pobre agitadísima.

—No quiero luz: ¿no he dicho que quería estar á obscuras? ¿Es que me quieren mortificar? —gritó moviendo mucho los brazos.

La alcoba quedó en tinieblas, y entonces me llamó para que le pusiera el termómetro y le observara la temperatura.

—Constantino me engaña siempre —me dijo—. Para él nunca paso de 39, y yo conozco, por este fuego de mi cuerpo, que debo de tener 41, 42, 50...

María Santísima, ¡qué volcán!

Le puse el termómetro debajo del brazo, y esperé sentado junto á la cama.

—¡Oh! ¡qué mal me siento! La cabeza se me abre, se me desvanece, se me va; se me arranca la vida... me muero esta noche. ¿Estarás aquí cuando dé las boqueadas?... ¿Me cerrarás los ojos? ¿Te dará horror verme tan fea y echarás á correr? Sí: lo estoy viendo, lo estoy viendo. Dios mío, yo he sido mala; pero no para tanto... Nada, lo que yo digo: si tú te hubieras casado conmigo, yo habría sido menos loca; pero no quisiste, y me dejaste en medio del arroyo.