Esta febril locuacidad me lastimaba, oprimiéndome el corazón. No cesaba de decirle:
—Serénate, cállate la boca, procura dormir. Estás un poco excitada de los nervios, y nada más.
—Mira ya el termómetro y no me engañes.
Salí al gabinete para observarlo á la luz. Marcaba 40 y tres décimas. ¡Qué mala cara debí de poner cuando lo estaba mirando!
—¿Ves?... no hay motivo para que te inquietes —declaré volviendo á su lado y guardando el termómetro—. Tienes 38 y unas décimas.
—¿Es de veras?
—¿Quieres verlo?
—¿No me engañas?
—Ya sabes que yo...
Pues se lo creyó; mas no por eso estuvo más tranquila en las horas que siguieron.