Hacía extraños gestos con los brazos. Yo se los metía entre las sábanas, recomendándole la tranquilidad en los términos más cariñosos.
—Hija mía, no hagas locuras. Vas á pasar una noche infernal.
—Es que no me quiero morir, es que no me da la gana —clamó, ahogándose en llanto copioso—. ¿Pues por qué me pongo así sino por el miedo que tengo...?
—No seas tonta, y no tengas miedo. Si estás bien; si apenas tienes fiebre; si Moreno me ha dicho que no hay cuidado... Vaya, no hables más de muerte.
—¿Pues no he de hablar si la veo, si la siento venir...?
—Patrañas, hija; aprensión...
—¡Y morir así, como arrojada en una pocilga, revolcándome en miserias y como si mis propios pecados me estuvieran comiendo por todas partes! Yo he visto una estampa en las prenderías, en la cual hay uno que agoniza, y salen de debajo de las almohadas bichos muy feos y asquerosos, lagartos y demonios horribles que lo roen y se lo comen. Así estoy yo, así me muero yo.
Pensé que las bromas harían mejor efecto en su espíritu que la seriedad, y tomándole una mano y besándosela con el mayor calor posible, le dije:
—¿Pues qué querías tú? ¿morirte como la Traviata, con mucho amor, tosecitas y besuqueo? Si eso pretendes, se puede hacer. Por mí no ha de quedar.
Parecióme que se sonreía, y esto me animó á seguir por aquel camino.