—Bien sabes tú que no va de veras; que si lo sospecharas, no estarías tan charlatana. Esos son mimos, no terror de la muerte. Tú buscas lo que los franceses llaman una pose, y la postura no parece.
—¡Ay, hijo: no te rías de mí! ¿Cómo puedes pensar que yo tenga esas ideas en medio de estas prosas...? Porque éstas sí son prosas, chico. Si no hay mayor castigo para una mujer que tener asco de sí misma, yo estoy bien castigada. Acepto la muerte si la considero como una gran lejía en la cual me voy á chapuzar...
Y como si su espíritu tomara de improviso con esto una dirección de consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
—Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
—¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin motivo.
—Agua; me muero de sed.
Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
—Ahora te vas á dormir.
—Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta, aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y desapacible.