Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
—¿Cómo está Eloísa? —le pregunté con susto, sospechando que me iba á dar una mala noticia.
—Ahora duerme —replicó de muy mal talante, paseándose en la habitación con las manos en los bolsillos—. Va mejor.
«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» —me dije para mi sayo.
Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente, incapaz de guardar secretos.
—¿Has visto á Camila? —me preguntó.
—Anoche, sí.
—¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos pardos...
—¿Qué me cuentas?
—Todo es paparrucha —añadió, dando un gran suspiro y alargando más el hocico—. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no, que se había ido con otro, y...