—Eres un bebé... ¡ja, ja, ja!

—Créelo... por poco me echo á llorar...

—¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...

—Y ahora —prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir— he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»

—Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... —le dije, sintiéndome inspirado y locuaz—. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa, la institución más respetable, más augusta, más...!

—¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!

—Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable esposa...

—¿Te quieres callar?...

—No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de la paz del hogar?»

—¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?