Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante.

Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva.

—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás de mí el preludio de Los Hugonotes, el gran coral protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... Ñi, ñi... ¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba cantando el pif-paf... El director era el señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme cantar...

Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!

III

Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.

—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi ausencia.

La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo servía.

Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros, aquel incomprensible ¡ues... que! de extraño acento y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio, compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los evonymus del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo aragonés.

Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.