Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el barbián (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á saludar con la mano, á repetir los cinco lobitos y la pandereta. No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues duelen cuando nacen y después se come con ellos.
IV
El barbián solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía que iba á dar la hora.
Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales hablaré á su tiempo.
Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor propio.
—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle del Ave-María hasta el Hospicio...
Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con otra semejante.
—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del teatro, de verlo representar...
O bien:
—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...