Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
—No seas tonto, no veas en mí nada superior —replicó aventándose con modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire—. Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...
No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé sino estos ecos:
—Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí... Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les sacude...
—Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y...
—No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no hay peligro... te juro que no hay peligro —declaró, tomando con más presunción la actitud de heroína...—. No pienses más en esas locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un refresco...
—Ya...
—Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro. Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad. Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que se disipaba la ojeriza que te tiene.
—Yo no me caso —manifesté con énfasis.
—Lo veremos, lo veremos —respondió acalorándose—. Cuando á mí se me pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades. Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para tí.