—Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.

—Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando más vivo se repica?

—Pues si tú eres fuerte —le dije con fingido arrebato—, yo soy débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras; pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad. Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa tan grande...

No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo, porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:

—¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado.

—Si la tengo en el bolsillo —grité yo, sacándola, y tirándole el ovillo y lo demás.

¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para volver á sentárseme al lado!

Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito, díjome sin venir á cuento:

—No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes, tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien... ¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que le apesta esta casa. Es su manía: la llama la antesala del infierno. Aquí está, según él, toda la podredumbre de extranjis... Pero siente lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto. «Ahora —dice— los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es así, ¿qué mérito hay?»

Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y me dijo: