—Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro chico á un pobre...

—El rasgo me ha gustado —afirmé con sinceridad—; pero hay una cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es en mí un deber, y lo cumpliré.

Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.

—Te digo que haré lo que mi marido me manda.

—Te digo que no lo harás.

—¿Y tú qué tienes que ver...?

—Tengo que ver... que el socorro de Eloísa me corresponde á mí.

—No seas majadero.

—Pues no te empeñes: guárdate ese dinero.

—¡Qué pensará Medina!