—Nada, puesto que tú le dices que has cumplido su encargo.

—Claro... una mentira.

—Es venial.

—Ni venial ni mortal, caballero. ¿Qué piensa usted de mí?

—Pues arréglate como quieras...

—Pues mira, me guardo el dinero, y vaya esto sobre tu conciencia —exclamó con arranque y un poquito de elocuencia patética—. Contigo no valen los buenos propósitos. Eres el genio del mal, y corrompes cuanto se te acerca.

VII

Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla me dijo:

—Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.

Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo. Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo: