—Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche, voy y me tiro por el viaducto.
Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan bromísticos», pensé.
Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.
—Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.
Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.
—¿Qué es eso?
—La mortaja —respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.
—¡Vaya unas bromitas de mal gusto!
Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le traía.
—Ya puede usted pasar, caballero —me dijo la de Miquis saliendo de la alcoba.