Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad, y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda, como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban un bello desorden. Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta entonces, de la coquetería mortuoria.

—¡Famoso cuadro! —exclamé pasada la primera sorpresa—. Está bien ideado y bien compuesto.

Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del tul.

—Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.

—Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.

Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella extraña apariencia de su madre bajo el velo, que rompió á llorar espantado. Logramos tranquilizarle, sacándole de la alcoba y dándole dulces.

La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho Moreno, el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba ella ver luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel artificio del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.

—Tenía ya unas ganas —me dijo— de ver claridad, de oler flores, de estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia, que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de que viniese también María Juana.

—En nombrando al ruin... —dijo ésta apareciendo en la puerta.

Sorpresa y risas. La ordinaria de Medina no celebró la ocurrencia menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci, Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por su buen diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron bromas, y adelante. Después de las doce, cuando Raimundo se hubo marchado con el pesar de no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos hermanas y yo acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa aquélla del velo. Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á lo moro sobre la cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies de Eloísa. Atenta al mete y saca del gancho, con el hocico un tanto alargado, ceñudilla y triste, parecía abstraída de la conversación general.