—¿Pero tú estás segura de que olía? —apuntó María Juana.

Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable; pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se oponía si el destino era fuera de Madrid.

—Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo; yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un niño y dejar de comer para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya con mil demonios!

—Pues, hija —dije yo prontamente—, si le conviene Burgos, dalo por hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.

—Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio —replicó la de Miquis.

—No tan fuerte, mujer.

—Piénsalo...

—Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!

Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy satisfecho del giro que aquello tomaba.

Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo: