—¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?
Este vendrás me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido de las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro, quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve eran cuando entré en la casa. «Si hay gente me luzco», pensaba. Afortunadamente, no había nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco antes que yo. Iba allí á dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal, porque Eloísa estaba muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome entrar y rogóme que me sentara á su lado.
—Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay! lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación; cuéntame algo...
¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios, de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme al secreter que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas tenía ella el dinero para su gasto diario.
—Estará la patria oprimida —indiqué abriendo el cajoncillo y viendo muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles—. Chica, qué arrancada estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes? Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!
Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:
—Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el interesantito.
Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle á mi interlocutora.
—Me parece —dije al fin— que tanto hablar ha de hacerte daño á la garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.
Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.