—¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te soy antipática?

Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y... el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí, su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo, pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»

—Ya podríais —repliqué, disimulando mi mal humor— dejar esas cosas para cuando estuviérais solos en vuestra casa...

—¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa natural...

—¡Digo... y tan natural...!

—Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...

—Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?

—Porque me asustaste.

—Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?

—Los dos.