—¿Y cuál era el ofendido?
—Los dos.
—¿Y quién tenía razón?
—Él y yo.
—¿Y era verdad ó era mentira lo de...?
—Mentira, mentira.
—Pues sí... idos á vuestra casa.
—Ahora mismo —dijo Camila, inquieta, levantándose—. Aquí no hago falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento?
—Sí: abajo está; podéis tomarlo.
Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina, diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó dormida.