—¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas?
—Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado llamar á Augusto.
Pensé que de aquel modo suelen empezar algunas pulmonías graves, de esas que despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si será al fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como si tal cosa, comiendo como un animal y rebosando vida.
No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día. Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un niño que está en vísperas de exámenes.
—Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me apestarías.
—Pues te respondo de que no lo seré —solía él contestarle—. Estate tranquila.
Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la Dirección, supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme esto turulato. El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan torpe como yo creía. Su propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura. Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado, opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y una apreciación clara de las cosas.
—Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera —decía yo á Camila.
Y ella, reventando de vanidad, callaba.
—Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito ha estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de inteligencia, ese muchacho sería otra cosa.