Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con cierto aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su hermana. La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes se pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola, sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de orden y gobierno.

—¿Pues sabes —le dijo Camila con buena sombra— que si hubiera estado esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría fresca?

No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que saber. No era esto simple jarabe de pico, pues la sabia solía enviar en aquellos días, cuando no los traía ella misma, regalos de poca importancia, pero muy de agradecer. A veces era un cacharrito para adornar la consola, piezas sueltas de ropa blanca y mantelería, cuchillos y tenedores, una cortina que á ella no le servía, una lámpara que le sobraba.

—Estoy asombrada —me dijo Camila— de ver cómo se corre mi señora hermana.

Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en mi casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre estaba de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería marchar ó al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés demostraba por mí!

—Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro.

Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la confianza. Quería una confesión total de mis belenes y aventuras; ansiaba saber hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla con algunas mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto resplandeció más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin emplear bonitas circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso de que se me aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó con el pobre Juan Jacobo para apartarle del vicio.

—¿Y quién es capaz de comprobar —añadió— el inmenso sacrificio que esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el mismo Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia que se merece. ¡Qué difícil es penetrar el móvil de las acciones humanas! Ni las que parecen buenas ni las que parecen malas se pueden justipreciar por lo que resulta. Si la conciencia tuviera una cara suya, exclusivamente suya, veríamos cosas muy singulares. ¡Cuántos que pasan por grandes delincuentes ó por monstruos de egoísmo serían vistos de otra manera!

Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y pesimista.

—No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa, y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo: ¡señora, usted es una!... Me desprecio yo misma; tengo ratos de secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es cuanto hay que decir.