Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que sobre todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días, vino á molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil y delicado de romper lazos que me eran odiosos apenas establecidos. ¡Buena tenía yo la cabeza para sacar virutas de amor filantrópico y de psicologías enrevesadas que ni el Verbo las entendía! Ni qué otra cosa sino mareos podía producirme aquello de amarme por salvarme, y el sacrificio del honor pequeño al honor grande. A más de esto, aquéllos en mal hora nacidos tratos se desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero de precauciones, llevadas á un extremo ridículo, que inventaba mi prima como para expresar en forma práctica y visible sus escrúpulos de conciencia. Exageraba los peligros y aun parecía que los buscaba; creíase perseguida por fantasmas, y hablaba de sus terrores con cierta afectación dramática. ¡Y vuelta á insistir en lo de que su conciencia valía más que sus actos, en que quizás llevaba en su espíritu gérmenes de redención!
Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin, este sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida salud á su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas cosas tan sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me reconocía muy inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y maligno gozo de haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no excluía la sinceridad de aquella declaración.
—Me alegro que lo conozcas —decía ella—. Eso prueba que tu entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar. Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal, tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano. ¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...!
Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales, que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas? Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo que lo fundó.
III
Todos los días veía á Medina en la Bolsa, paseándose de largo á largo, ó arrimado al grupo de Ortueta, Barragán y otros. Hallábale ya más complaciente conmigo, dándome lugar á suponer desvanecidas ciertas prevenciones que contra mí nacieron en su alma. Como yo iba poco por su casa, siempre teníamos algo que hablar. «Me ha dicho mi mujer que poco á poco va metiendo en cintura á la pobre Camila y enseñándola á ser mujer de gobierno. Trabajillo le costará; pero como se le ponga en la cabeza... Ya, ya sé que ha colocado usted á Constantino en Guerra. Yo siempre lo he dicho: no es tan zoquete como han dado todos en creer... Pero vamos á lo que importa. ¿Toma usted á noventa y cinco, fin de mes?»
Mis negociaciones de aquellos días, y no fueron pocas, hícelas con cierto aturdimiento, jugando por rutina ó por querencia del oficio, muchas veces sin darme cuenta clara de la operación. Y es que mi chifladura por una parte, y por otra mi gran debilidad física, pusiéronme en un estado tal que sólo me faltaba hacer eses, andando por la calle, para parecerme á los borrachos. Por lo demás, el mismo entumecimiento cerebral, la misma obscuridad en las ideas, y sobre todo esto, una apatía y una desgana que me abrumaban. Cansado del bullicio del local y de su pesada atmósfera, íbame al rincón á hacer compañía al pobre Trujillo ó á que me la hiciera él á mí. Hablábamos algo de negocios, aunque sin saber cómo salía á relucir la conversación de mujeres. Él no ponía en sus labios el nombre de Eloísa sin acompañarlo de grandes encomios y de acaloradas expresiones de desconsuelo. Indudablemente no era una santa; pero ¡qué ideal mujer! Gozaba mucho visitándola, y departiendo un rato con ella, oyéndola no más, viéndole el metal de voz, como decía el infeliz. La contemplaba en su interior tal como había sido en mis tiempos, y no podía hacerse cargo de la desfiguración de su rostro. Para consolarle, díjele que Eloísa había recobrado por completo su hermosura, y era la misma de siempre. Arrojaba él entonces un suspiro muy grande á la atmósfera turbia y humosa del local, y parpadeaba mucho, como si quisieran sus ojos romper la niebla que los envolvía.
A la otra tarde hablamos de lo mismo; pero me dijo una cosa que me puso en ascuas y me llenó de confusión.
—Ya sé —murmuró Trujillo, aplicando sus labios á mi oído— que se ha enredado usted con Camila. Debe de ser cosa antigua; pero hasta hace pocos días no ha salido en la Gaceta. Ya sabe usted que la Gaceta es la boca de la de San Salomó.
Faltóme tiempo para negar aquello, que era una falsedad calumniosa. ¡Demasiado lo sabía yo! Mi corazón podría echarse fuera y publicar á chorros de sangre la inocencia de la pobre Camila. Por más que hice, no pude convencer á Trujillo. Creo que si llega á tener vista, me conoce en la cara que decía la verdad: con tanta fe, con tanto calor me expresaba yo.